martes, 23 de diciembre de 2014

Dialéctica de la democracia

22 de diciembre de 2014

El economista, historiador y jurista Antonio García Nossa publicó en 1972 uno de los análisis más penetrantes de la democracia colombiana y del sistema clientelista que la caracteriza, titulado Dialéctica de la democracia. En esa obra, García presentó una cruda descripción de la ineptitud de la clase dirigente de su época, al tiempo que analizó las relaciones patronales predominantes en la política regional y nacional, herencia de la colonia.

Desde la publicación de la Dialéctica de la democracia, el país ha logrado algunos avances significativos en el proceso de construir una democracia más incluyente, con mayores y mejores espacios para la participación ciudadana y la deliberación colectiva. Pero es justo reconocer que – debido a problemas estructurales de nuestro cuerpo político – aún nos encontramos lejos de consolidar una democracia integral, plenamente deliberativa y construida de abajo hacia arriba.

Cualquiera que esté familiarizado con la dinámica de los procesos históricos, sabe que las características sociológicas y culturales de los pueblos no cambian de la noche a la mañana. Requieren profundos esfuerzos orientados hacia la transformación plena de la materia constituyente del cuerpo social a través de la conquista de un nuevo nivel de consciencia colectiva e individual.

Los valores de la Atenas de Pericles no brotaron de la nada, tampoco los de la Roma de Marco Aurelio, ni los de la Inglaterra victoriana o los de la China confuciana. Corrientes subterráneas poderosas, forjadas por la lava de milenios de evolución – o involución – social conformaron su estructura y características más notorias.

Algunas revoluciones han intentado impulsar el cambio de valores y del nivel de consciencia individual y colectiva a través de la demolición brutal del ser ético y moral de una sociedad a través de la opresión violenta, particularmente aquellas que condujeron al surgimiento de regímenes dictatoriales o totalitarios; como la dictadura jacobinista, el nacional socialismo o el estalinismo. Pero la violencia, la opresión y la tortura no pueden parir hombres ni sociedades libres ni mejores. Jamás podrán.

Y sin embargo, insisto, es la transformación colectiva de la consciencia de una sociedad la única forma de elevarla hacia un nuevo estadio espiritual que potencie y acelere su progreso material y moral. ¿Cómo conseguir esa transformación? Y ¿por qué es importante?

En una sociedad democrática, el cambio real de la estructura política sólo puede conseguirse a través de un desafiante proceso que requiere cultivar nuevos ciudadanos que antepongan el interés público al privado, que privilegien la rectitud sobre la deshonestidad, y que entiendan que utilizar la política en beneficio propio es la perversión del servicio público y la forma más mezquina de traición a la patria y a sus conciudadanos.

Por eso creo que la mejor forma de fortalecer la democracia, de prevenir el clientelismo y de atacar la corrupción, es la puesta en marcha de todas las herramientas conducentes a la formación de un nuevo tipo de ciudadano, a través de modelos pedagógicos que privilegien la reflexión y el desarrollo de un espíritu crítico, sobre la imposición y la férula. La letra con sangre entra, dicen, pero no transforma sociedades ni consciencias. Colombia requiere un nuevo tipo de ciudadano, un nuevo ser social, un nuevo ser político y ético que se conquiste a sí mismo y a sus pasiones, educado bajo la letra de la democracia integral, la libertad profunda y la responsabilidad colectiva frente a los hombres y mujeres del presente y del futuro.

No es fácil. ¿Cuándo ha sido fácil cualquier cosa que valga la pena en este mundo? Pero podemos lograrlo. Estoy seguro de que podemos ser mejores como individuos, como sociedad y como país. Invito a mis compatriotas a asumir el desafío de transformar para bien la constitución ética, política y moral de nuestra sociedad como el gran proyecto colombiano y latinoamericano del siglo XXI.