22 de
diciembre de 2014
El economista, historiador y
jurista Antonio García Nossa publicó en 1972 uno de los análisis más
penetrantes de la democracia colombiana y del sistema clientelista que la
caracteriza, titulado Dialéctica de la
democracia. En esa obra, García presentó una cruda descripción de la
ineptitud de la clase dirigente de su época, al tiempo que analizó las
relaciones patronales predominantes en la política regional y nacional,
herencia de la colonia.
Desde la publicación de la Dialéctica de la democracia, el país ha
logrado algunos avances significativos en el proceso de construir una democracia
más incluyente, con mayores y mejores espacios para la participación ciudadana
y la deliberación colectiva. Pero es justo reconocer que – debido a problemas
estructurales de nuestro cuerpo político – aún nos encontramos lejos de consolidar
una democracia integral, plenamente deliberativa y construida de abajo hacia
arriba.
Cualquiera que esté
familiarizado con la dinámica de los procesos históricos, sabe que las
características sociológicas y culturales de los pueblos no cambian de la noche
a la mañana. Requieren profundos esfuerzos orientados hacia la transformación plena
de la materia constituyente del cuerpo social a través de la conquista de un
nuevo nivel de consciencia colectiva e individual.
Los valores de la Atenas de
Pericles no brotaron de la nada, tampoco los de la Roma de Marco Aurelio, ni
los de la Inglaterra victoriana o los de la China confuciana. Corrientes
subterráneas poderosas, forjadas por la lava de milenios de evolución – o
involución – social conformaron su estructura y características más notorias.
Algunas revoluciones han
intentado impulsar el cambio de valores y del nivel de consciencia individual y
colectiva a través de la demolición brutal del ser ético y moral de una
sociedad a través de la opresión violenta, particularmente aquellas que
condujeron al surgimiento de regímenes dictatoriales o totalitarios; como la
dictadura jacobinista, el nacional socialismo o el estalinismo. Pero la
violencia, la opresión y la tortura no pueden parir hombres ni sociedades
libres ni mejores. Jamás podrán.
Y sin embargo, insisto, es
la transformación colectiva de la consciencia de una sociedad la única forma de
elevarla hacia un nuevo estadio espiritual que potencie y acelere su progreso
material y moral. ¿Cómo conseguir esa transformación? Y ¿por qué es importante?
En una sociedad democrática,
el cambio real de la estructura política sólo puede conseguirse a través de un
desafiante proceso que requiere cultivar nuevos ciudadanos que antepongan el
interés público al privado, que privilegien la rectitud sobre la deshonestidad,
y que entiendan que utilizar la política en beneficio propio es la perversión
del servicio público y la forma más mezquina de traición a la patria y a sus
conciudadanos.
Por eso creo que la mejor
forma de fortalecer la democracia, de prevenir el clientelismo y de atacar la
corrupción, es la puesta en marcha de todas las herramientas conducentes a la
formación de un nuevo tipo de ciudadano, a través de modelos pedagógicos que
privilegien la reflexión y el desarrollo de un espíritu crítico, sobre la
imposición y la férula. La letra con sangre entra, dicen, pero no transforma
sociedades ni consciencias. Colombia requiere un nuevo tipo de ciudadano, un
nuevo ser social, un nuevo ser político y ético que se conquiste a sí mismo y a
sus pasiones, educado bajo la letra de la democracia integral, la libertad
profunda y la responsabilidad colectiva frente a los hombres y mujeres del
presente y del futuro.
No es fácil. ¿Cuándo ha sido
fácil cualquier cosa que valga la pena en este mundo? Pero podemos lograrlo. Estoy
seguro de que podemos ser mejores como individuos, como sociedad y como país.
Invito a mis compatriotas a asumir el desafío de transformar para bien la
constitución ética, política y moral de nuestra sociedad como el gran proyecto
colombiano y latinoamericano del siglo XXI.